Rentabilizar los ahorros a través de inversiones a largo plazo

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Existen diversos aspectos que afectan a toda inversión. Los más importantes son la cantidad inicial invertida, las aportaciones posteriores y la rentabilidad que se logra a cambio. A ellos hay que añadir, también como factor clave, el tiempo que se mantiene la inversión. Tanto es así, que existen notables diferencias entre invertir a corto, a medio o a largo plazo.

Inversiones a largo plazo

 

Todo inversor querría obtener rendimientos elevados a muy corto plazo. Casi como si le tocara la lotería. Sin embargo, tanto una circunstancia como la otra suelen darse sólo en ocasiones excepcionales. Por ello, los gurús más reconocidos y exitosos en este ámbito -Warren Buffett, por ejemplo- suelen ser fervientes defensores de las inversiones a largo plazo. “El tiempo es el mejor amigo de los negocios maravillosos y enemigo de los mediocres”, suele repetir el conocido como ‘Oráculo de Omaha’. Sin embargo, como es obvio, apostar por ese lapso de tiempo no asegura el éxito y hay que considerar diversas cuestiones para rentabilizar los ahorros a través de inversiones a largo plazo.

 

Cuándo es una inversión a largo plazo

 

Aunque depende del producto al que haga referencia, y según el experto que la cuantifique, toda inversión a largo plazo es aquella que requiera, como mínimo, una planificación mayor a un año. En determinados casos, el lapso suele situarse a partir de los cinco años, dado que no es lo mismo comprar una vivienda -que suele ser con vistas a un plazo muy amplio- que entrar en bolsa o apostar por un fondo de inversión, por citar diversos ejemplos. Aquí, por cierto, puede descubrir cómo calcular la rentabilidad de un fondo de inversión.

 

Por qué invertir a largo plazo

 

Las ventajas de las inversiones a largo plazo son varias e incluyen temas como el interés compuesto o el hecho de que, en ese lapso, el mercado tiende a la media, mientras que, a corto, existe una mayor aleatoriedad, como veremos a continuación.

 

El interés compuesto

 

El primer concepto citado se refiere al interés que produce un capital al cual se van añadiendo sucesivamente esos réditos para que se produzcan otros. Desde el Banco de España lo definen como el proceso en el que “los intereses en cada periodo se suman al capital inicial para producir nuevos intereses”. En otras palabras, se trata de reinvertir los intereses haciendo que pasen a formar parte del capital inicial y, de esa manera, multiplicar los beneficios. Veamos un ejemplo para que se entienda mejor cómo rentabilizar los ahorros gracias al interés compuesto.

 

Pongamos una inversión de 10.000 euros con un interés simple anual del 1%, es decir, 100 euros. Si la inversión es a 20 años, al final del periodo, el montante obtenido sería de 12.000 euros (capital inicial de 10.000 y 2.000 de beneficio).

 

Interés simple vs interés compuesto

 

Si a esas mismas cifras se le aplica un interés compuesto, el resultado sería bien distinto. Con el capital de partida de 10.000 euros y la aportación anual de 100 euros proveniente de las ganancias, conseguiría acumular 14.425 euros en su cartera aprovechando el interés compuesto. Como es lógico, ambos resultados deberían ser pasados por el filtro de la inflación para determinar la rentabilidad real de la inversión, pero basta comparar el resultado bruto para detectar que la diferencia es notable. De ahí que el interés compuesto, por su efecto bola de nieve, sea una de las grandes ventajas de invertir a largo plazo.

El interés compuesto en los fondos de inversión

 

Ese efecto del interés compuesto resulta muy evidente, por ejemplo, en los fondos de inversión. De tal forma que el capital inicial que se invierte va generando un rendimiento que hace crecer la cifra de partida que, al ser cada vez de mayor importe, conlleva unos beneficios más suculentos sin que la rentabilidad nominal haya variado.

 

Así, los fondos de inversión conforman uno de los productos financieros más recomendables cuando te planteas donde invertir a largo plazo, permitiendo, además, al inversor particular acceder a cualquier activo y mercado por medio de un profesional, aprovechando su conocimiento y experiencia.

 

‘La regla del 72’

 

En ese sentido, tanto desde el Banco de España como desde la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) recuerdan la utilidad de la llamada ‘regla del 72’. Se trata de una orientación que ayuda a saber los años que necesita una inversión con interés compuesto para doblar su valor. Simplemente, hay que dividir 72 entre el tipo de interés (72 / tipo de interés = número de años). Por ejemplo, una inversión con interés compuesto del 6%, doblará su valor en 12 años.

 

Los mercados tienden hacia la media

 

Otro de los grandes aspectos positivos, ya mencionado, de invertir a largo plazo es que los mercados tienden hacia la media. En otras palabras, prever cómo se van a comportar los mercados mañana -léase a corto plazo- resulta complicado hasta para el más avezado de los expertos. Sin embargo, a largo plazo, tienden a un equilibrio. Las cifras son elocuentes en ese sentido: por ejemplo, la rentabilidad media del S&P 500 a 10 años rebasa el 8%; a 20 años, supera el 9%; y a 50 años, se va más allá del 10%. Ello incluyendo dividendos.

 

Invertir sin retrocesiones

 

Por otra parte, a todo producto financiero hay que analizarle ‘la letra pequeña’ con detenimiento. En especial en lo que se refiere a las comisiones, que pueden tener un efecto considerable a largo plazo y que, lógicamente, inciden de forma directa sobre el beneficio. Lo aconsejable para evitar ese impacto es apostar por las clases limpias de los fondos de inversión -en EBN GROW sólo trabajamos con ellas-, que conllevan comisiones menores porque eliminan el porcentaje que cobran las entidades financieras únicamente por comercializar un fondo pero que no va a parar a la gestora. Esas tasas se conocen como retrocesiones. Siendo ese factor determinante, aquí le ofrecemos otras claves sobre cómo invertir en fondos de inversión.

 

 

Los impuestos y la inversión a largo plazo

 

Hacienda va a querer siempre ‘su parte’, tenga el producto financiero un horizonte temporal u otro. En el largo plazo hay que considerar que ciertos vehículos de inversión salen claramente favorecidos respecto a otros a la hora de pagar impuestos. Es el caso, de nuevo, de los fondos de inversión, que además de su flexibilidad y potencial de diversificación, cuentan con un diferimiento fiscal que permite no pagar impuestos por los beneficios logrados en un fondo si se invierten en otro.

 

También tienen una fiscalidad favorable los planes de pensiones, otro clásico del horizonte a muy largo plazo (nada menos que la jubilación). Eso sí, a lo largo de su vida, puesto que al rescatarlos, el pago a Hacienda puede hacer temblar cualquier bolsillo.

 

Peor parada sale la bolsa en cuanto a la perspectiva impositiva, ya que no cuenta con un diferimiento fiscal. Además, siempre hay que tener en cuenta su volatilidad, que, al decir de los analistas, será la que marque 2019 en los parqués bursátiles. No obstante, la volatilidad se aminora a largo plazo. Lo más aconsejable es el Buy & Hold: comprar una acción y mantenerla en el tiempo mientras los fundamentales no varíen. Asimismo, es preciso recordar que la bolsa también permite aprovechar el interés compuesto antes explicado.

 

Finalmente, otro de los productos financieros que puede ser interesante para rentabilizar los ahorros a través de inversiones a largo plazo son los ETF, que básicamente replican el comportamiento de un índice bursátil o un sector.

 

A las cuestiones técnicas citadas, cabe añadir otra de sentido común: si se da el caso de que comete un error o registra pérdidas, el margen temporal para maniobrar es mayor en el largo plazo. Aquí aparece de nuevo Warren Buffett para ‘poner la guinda al pastel’. “Invierta siempre a largo plazo: alguien se sienta hoy a la sombra de un árbol que plantó hace mucho tiempo”.

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